Viento se muestra en la Galería Mona Lisa. Subterráneo del Centro de Extensión, Centex. Sotomayor 233, Valparaíso. Entrada liberada.

“(…) mediante una apelación táctil, reedita formas de unión entre individuos en su instalación a base de telas. Tocar y unirse por la tela, la misma que mece al viento una bandera, ofrece una oportunidad real de encuentro con el otro, con el desconocido visitante”. Pedro Donoso.

 Por: Soledad Novoa Donoso

Norma Ramírez es una artista cuyo trabajo ha transitado por diversos modos de comprender la escultura y la intervención espacial que ella implica. Así, desde largo, su obra explora táctil y sensorialmente materialidades, sensaciones y situaciones que vinculan lo corporal y lo geográfico, lo orgánico y los territorios, en un proceso cruzado con las historias y las biografías.

En los años ochenta, Ramírez se forma en el taller de cerámica de la Escuela de Arte de la Universidad de Chile, volcando su trabajo a “la precariedad de los materiales que podía encontrar” en los patios de la Escuela, en la calle. Esa precariedad de materiales se traduce en la incorporación de palos, pajas, distintos tipos de tierra, que dan forma a sus piezas por un largo período.

El camino que recorre Norma Ramírez la lleva desde la precariedad y la presencia contundente del material a la depuración de materia y forma. La materia escultórica -cerámica, piedras, ramas, fibra de vidrio, poliuretano expandido- se ha ido diluyendo en el tiempo, y en sus trabajos más recientes se nos aparece como leves paños o finos entramados de hilos suspendidos en tensión, dejando paso al espacio como principal elemento, el que se nos vuelve visible llamándonos a introducirnos físicamente en su obra.

De este modo, en sus trabajos hay algo así como la remembranza del cuerpo, un dejarse ver, un dejarse sentir, un dejarse insinuar de lo corpóreo, una presencia ambigua y sutil del cuerpo que se enuncia también a partir de algunos títulos, los que, a pesar de instalarse tan concretamente en las obras, no las determinan, ni clausuran la fuga de lecturas que estos objetos sugieren.

El cuerpo se visibiliza en piel, una membrana que conecta nuestro interior con el exterior, que media y hace palpable el modo en que nos afecta aquello que nos rodea, afección tanto física (calor, frío, humedad, suavidad, rugosidad, etc.) como emocional (el contacto con las/os otros).

Es por ello que para Viento Norma Ramírez propone una obra en que nuestros cuerpos se sumergen y nuestras pieles se rozan, pero también una obra de creación colectiva en que se desjerarquizan las nociones de autoría, y se propone la integración de un cuerpo/obra común, la pieza instalativa y nuestro recorrer este bosque de telas.

Nuevamente la artista recurre al blanco, y, a partir de él, nos invita a afinar nuestros sentidos: descubrir los blancos sobre blanco, pero también -como lo proponía Lygia Clark- dejar actuar nuestros otros sentidos -el tacto, el olfato, el oído- para percibir las sensaciones que esta obra provoca en nosotras.

La pieza, particularmente pensada en niñas y niños, es una obra que convoca, tanto en su realización material como en la posibilidad de tocar: prière de toucher rezaba el catálogo de los surrealistas en 1947, se ruega tocar en oposición al clásico no tocar que se impone habitualmente frente a las ansias infantiles de conocer el mundo, de aprehenderlo, limitándolos al “ver”: se mira con los ojos y no con las manos es un dicho habitual que lanzamos casi sin pensar en sus alcances respecto a las limitantes a la percepción y las posibilidades de desarrollar o atrofiar los sentidos. Y, aunque el llamado surrealista conllevaba en ese momento un hálito de misoginia, podemos convocarlo hoy, y darle un nuevo significado para la activación de nuestras subjetividades, despertándolas del letargo, y estimular la percepción en un sentido amplio para quienes se asoman a descubrir el mundo -los mundos- del arte, y el otro.

Una vez más Norma Ramírez acude al poeta Leonel Lienlaf, en cuya compañía la artista viene reflexionando desde hace unos años sobre múltiples aspectos de nuestra sociedad y nuestra configuración como nación, los mitos y las realidades sobre las que ésta se funda. Y, nuevamente, la forma de la bandera, el estandarte, cobra un sentido privilegiado, acudiendo a la idea de piel-bandera trabajada por la artista en obras anteriores.

En Viento, el origen temible de esta imagen, de acuerdo al relato de Lienlaf [1], es transformada por la energía infantil que participa en la conformación progresiva de la obra gracias a operaciones manuales muy simples tales como recortar una forma en cartulina blanca, y disponerla en los sobres plásticos cosidos a la tela. En esta ocasión, las telas colgantes de Norma Ramírez recuerdan las Lung ta, banderas de oración tibetanas que diseminan sus bendiciones gracias a la acción de la brisa en lugares abiertos, y cuyo significado se traduce como “caballo de viento”. Dentro de la tradición tibetana, el viento es considerado una expresión de nuestras mentes, y la energía mental que nos activa; el viento y el caballo son agentes de movimiento, y por ende de renovación, portan formas materiales y formas etéreas, augurando una vida llena de buena fortuna.

El mantra inscrito en estas banderas dice así: “Pueda cada ser viviente tener una vida sin temor, sin sufrimiento, sin desdicha, una vida con inteligencia, saludable, exitosa, bien orientada y con riqueza.”

[1] “A Basilio Lienlaf lo tomaron y delante de él le sacaron el pellejo vivo a su hijo Lienlaf y lo usaron de bandera. Por muchas, muchas semanas, le amarraron la cabeza cortada del hijo a la cintura y él le iba conversando mientras la cabeza se pudría. Y la cabeza le contaba del río y de los antepasados. Así le contaba la historia de los ríos: Calfuküra, fue así, cantaba la cabeza cortada…Calfükura quería sentirse agua y correr por el cauce del río. Cuando se lanzó al río se transformó en el torrente que cruza, y se sentía tan bien que bajaba cantando sin parar y desde entonces todas las aguas cantan, y más fuerte cuando viene la noche. Mucha felicidad traían las aguas, que habían aprendido a cantar del hombre”. Leonel Lienlaf citado por Raúl Zurita.